Cómo ayudé a mi hija a sentirse cómoda hablando de su diferencia de aprendizaje

Hablar de sus diferencias de aprendizaje era difícil para la hija de Suzie. Pero juntas encontraron maneras de hacerlo más fácil.

Por Suzie Glassman

Actualizado el 9 de enero de 2024

Cuando diagnosticaron a mi hija con TDAH, dislexia y trastorno del procesamiento auditivo yo no sabía mucho acerca de estos temas. Me costaba entender sus desafíos. Tampoco me resultaba fácil explicárselos a otras personas.

Quería que mi hija se sintiera segura al hablar de sus diferencias de aprendizaje. Pero ¿cómo podía ayudarla con eso si ni yo sabía bien cómo hacerlo? 

Cuanto más aprendía sobre las diferencias de aprendizaje, más capaz me sentía de hablar con mi hija de las suyas. Aprendí a hacerlo de una manera que la hiciera sentir orgullosa de sus diferencias, en lugar de avergonzada. Pero requirió mucho esfuerzo por parte de ambas. 

Mi hija tiene ahora 12 años y se siente cómoda hablando de sus diferencias de aprendizaje. Quiere ser aceptada tal como es. Y sabe que merece que así sea. Estas son cuatro maneras en que la ayudamos a estar preparada para esas conversaciones importantes. 

1. Encontramos una comunidad

El primer paso fue conectar a mi hija con otros niños que también tenían discapacidades del aprendizaje. Creíamos que se sentiría mejor y le iría mejor si formaba parte de una comunidad de niños con desafíos similares a los suyos.

Hay muchas maneras de encontrar una comunidad. Algunas escuelas tienen grupos para almorzar o después de la escuela. Hay vecindarios que tienen grupos de juego para familias de niños que tienen dificultades de aprendizaje. Y hay grupos en línea a los que puede unirse para conocer a otras familias. Pero nosotros fuimos afortunados de tener otra opción. Pudimos trasladarla a una escuela privada para niños con discapacidades del aprendizaje.

Al principio, nos preguntábamos si nuestra decisión había sido la correcta. Hasta que una tarde después de la escuela, mi hija me dijo que era fantástico conocer a otros niños con dislexia. Ya no se sentía sola y podía aceptar sus diferencias. Incluso hablaba de ellas con sus amigas. Entonces supe que mi esposo y yo habíamos tomado la decisión correcta. 

2. Eliminamos la vergüenza

Tanto mi esposo como yo queríamos que nuestra hija supiera que era tan inteligente como sus compañeros. Y que sus diferencias de aprendizaje no eran una limitación. Con el tiempo, vimos que recordarle esa verdad la hacía sentir más segura y cómoda al hablar de sus desafíos.

Al principio, no fue fácil normalizar su experiencia. Pero con la práctica se logra la perfección. Y ahora, todos en la familia estamos acostumbrados a hablar de las fortalezas de su mente neurodivergente y de cómo funciona. Siempre elogiamos sus esfuerzos en la escuela mucho más que sus calificaciones, sin importar cuáles sean.

3. Le enseñamos a manejar el fracaso

Mi hija solía decir cosas como “no soy inteligente” o “me siento tonta cuando estoy con mis amigos”. En lugar de ignorar sus comentarios negativos, la escuchaba y reconocía sus sentimientos. Y después le señalaba todas las cualidades que la hacían especial. 

También trataba de no ser tan dura conmigo misma delante de ella. En lugar de criticarme por cometer un error, lo reconocía y volvía a intentarlo. Ver cómo yo manejaba las situaciones que salían mal, y cómo me recuperaba y lo volvía a intentar, ha ayudado a mi hija a mantener la calma cuando tiene dificultades.

4. Practicamos algunas situaciones

Puede parecer una tontería, pero representamos situaciones de la vida real con mi hija. Por ejemplo, ensayamos qué podría decir al conocer a otros niños en una fiesta de cumpleaños u otras reuniones sociales. Hablamos de sus preocupaciones para hacerla sentir más apoyada y preparada.

Por supuesto que es imposible prepararla para todas las situaciones. Pero nos ha dado buen resultado hablar de la mayor cantidad posible. Por ejemplo, algunos de sus amigos se burlaron de ella por escribir mal una palabra en el pizarrón del salón de danza. Eso la hizo sentir mal. Le dijimos que si volvía a suceder podía decir que la ortografía no era lo suyo, pero que al menos es una gran bailarina.

He aprendido que por mucho que intente proteger a mi hija, siempre habrá alguien que no entenderá sus peculiaridades. Esa es la realidad. Pero también sé que es de gran ayuda hacerla sentir segura y apoyada, y que siempre puede recurrir a mí si necesita hablar. 


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