Por qué como mamá deje de decir “lo siento” (y empecé a decir “no”)

La semana pasada recibí dos correos electrónicos de la escuela. Uno solicitaba voluntarios para un evento de la asociación de padres y maestros (PTA, por sus siglas en inglés). El otro invitaba a mi hijo más pequeño a una fiesta de cumpleaños de un compañero de clases que apenas conocía en un boliche.

Me quedé mirando ambos correos y suspiré. Y a continuación pensé las respuestas.

“Lo siento, pero no puedo inscribirme para ayudar en el evento del PTA”, escribí en mi cabeza. “Mis hijos tienen autismo y diferencias en la manera de pensar y aprender. Trabajo a tiempo completo y mi esposo es free lance y siempre está ocupado buscando trabajo para que podamos comprar alimentos, ropa y pagar los gastos médicos. El tiempo libre lo tenemos que dedicar a apoyar a nuestros hijos”.

Y, “lo siento, pero mi hijo no puede asistir a la fiesta de cumpleaños”, escribí en mi carta imaginaria. “Va a pasar un mal rato por los ruidos y el volumen de los sonidos en el boliche debido a sus dificultades sensoriales, y socializar le será difícil ya que no conoce bien a su hijo”.

Pero al terminar mis borradores mentales, me pregunté por qué estaba diciendo “lo siento”.

La verdad es que siempre pensé que criar a niños con diferencias en la manera de pensar y aprender requería disculparse frecuentemente. Disculparse con las personas que esperan algo diferente de lo que mis hijos son capaces de hacer o están cómodos haciendo. Disculparse con las personas que quieren más o algo mejor de mi parte y de mi esposo. Y disculparse con el mundo por los problemas que enfrentamos como familia.

Soy del tipo de personas a las que no les gusta la confrontación. Detesto sentir que decepciono a las personas. Ha de ser por ello que me disculpo tanto.

Pero no me gusta hacerlo. Sé que digo “lo siento” por cosas que no deberían hacerme sentir culpable, o por cosas que en realidad no necesito explicar.

Por lo que en lugar de escribir la respuesta que tenía en mente, la que siempre envío ofreciendo disculpas, esta vez intenté algo diferente. De manera directa, pero cortés, contesté “no” a los dos correos electrónicos.

“No, esta vez no puedo ser voluntaria”.

“No, mi hijo no asistirá a la fiesta de cumpleaños”.

Al sentirme un poco osada, presenté mis motivos y no me esforcé en dar justificaciones.

“No podemos pedir permiso en el trabajo para ser voluntarios”.

“Mi hijo ya tiene un compromiso ese día”, escribí refiriéndome a nuestras actividades familiares de fin de semana.

Me sentí ansiosa al enviar esos correos. Pero también me sentí firme. Me di cuenta que necesitaba dejar de decir “lo siento” y empezar a decir “no”. Y no solo en los correos electrónicos: también a las personas.

Tengo que dejar de disculparme cuando no puedo hacer planes seguros con los amigos o con los parientes, porque sé que las reacciones sensoriales de mi hijo pequeño pueden arruinar una salida.

No puedo seguir diciendo “lo siento” cuando tengo que cancelar planes sociales en el último minuto porque mi hijo tiene una crisis sensorial. O porque conseguimos una cita médica de último minuto con un especialista que estábamos esperando por meses.

No puedo seguir permitiendo que otras personas me hagan sentir mal por no presionar a mis hijos para que realicen actividades extracurriculares. Si lo desean, las pueden hacer. Si no, también está bien. Confío en que conocen sus limitaciones y yo conozco las mías. Y no lo lamento.

Estoy practicando todas las formas en las que puedo decir “no” demostrando que soy firme, pero que aún me importa:

“No, no puedo”.

“No, no estoy disponible”.

“No, eso no nos funcionará”.

Estoy empezando a darme cuenta de que “no” me hace sentir más empoderada que “lo siento”.

Al decir “no”, me estoy haciendo cargo de lo que puedo controlar, reduciendo mi estrés y permitiéndome decir “sí” a las cosas que realmente me importan, especialmente mis hijos. Y de eso no hay nada de qué disculparse.


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