El reto de proteger a mi impulsivo e hiperenfocado hijo

Cuando nuestra familia se mudó a un pequeño suburbio hace muchos años, mi hijo que en ese entonces tenía 6 años me preguntó si podíamos explorar nuestro vecindario en bicicleta. Mi hijo tiene TDAH, autismo y era muy impulsivo a esa edad. Así que me daba temor salir con él en un área desconocida. Sin embargo, acepté.

Cuando pedaleábamos por lo alrededores nos pasó una camioneta. “¡Papi, mira. Esa es una camioneta F-350 Super Duty!”, dijo mi hijo con emoción. Estaba obsesionado con las camionetas y le gustaba señalar las marcas y los modelos. Estaba tan hiperenfocado en la camioneta que se alejaba, que no se dio cuenta del hoyo que había enfrente cerca de la acera.

Le grité varias veces, cada vez más fuerte. “¡Detente!”. “¡Fíjate en el hueco!”. Pero no me escuchó, a pesar de que me encontraba a pocos metros detrás de él. Estaba absorto mirando la camioneta y reproduciendo los ruidos de motor. Le pasó por encima al hoyo y se cayó de la bicicleta.

Afortunadamente no se lastimó. Se sacudió el polvo y se montó en la bicicleta otra vez. Pero un poco más adelante, un hombre que arreglaba su auto le dijo que le gustaba su casco. Mi hijo se detuvo en mitad de la calle, le dijo su nombre y añadió: “Acabamos de mudarnos a este vecindario”. Y antes de que pudiera detenerlo, le dijo nuestra dirección.

Estas son algunas de las situaciones en la que nos preocupaba a mi esposa y a mí la seguridad de mi hijo cuando era pequeño. Nos preocupaba que se hiciera daño porque es curioso y no se detiene a pensar antes de explorar un lugar nuevo o una actividad nueva. Se ensimisma tanto en las cosas que le interesan que podría no darse cuenta de los posibles peligros a su alrededor.

Me angustiaba fácilmente pensando en todo lo malo que podía ocurrirle. Una posibilidad habría sido que se hubiera quedado en casa todo el día para protegerlo del mundo. Pero queríamos que fuera un niño como los otros, que hiciera las cosas que hacen los niños de su edad. No queríamos que nuestras preocupaciones lo limitaran y le impidieran disfrutar de todas las experiencias que debía tener.

Es por ello, que al mismo tiempo que lidiábamos con nuestras inseguridades, intentamos poner en práctica estrategias para ayudarlo a que estuviera a salvo.

Por ejemplo, debido a su interés en los camiones no podía resistirse a revisar las placas de los autos en los estacionamientos. Si se detenía a mirar alguna placa que le gustaba podía no darse cuenta de que el auto estaba retrocediendo.

En esas situaciones nuestra estrategia era mencionarle lo que estábamos haciendo en ese momento y lo que planeábamos hacer. Usamos frases como: “Ahora nos dirigimos a nuestro auto, así que tienes que estar a mi lado y asegurarte de que no vienen autos”. Mientras caminábamos nos cerciorábamos de que estuviera enfocado, preguntándole: “¿Estás atento? Eres muy buen vigilante". Los elogios honestos y específicos parecían motivarlo.

Otro motivo de preocupación por su seguridad es que mi hijo es muy social y confiado. Le gusta hablar con las personas y dar información personal. Nuestra estrategia cuando estaba en primaria era conversar con él acerca de lo “peligrosas que pueden ser las personas desconocidas”. Mi esposa y yo le hablamos de las “personas engañosas”, que aunque parezcan amigables e inofensivas podrían querer aprovecharse de él o lastimarlo.

Si estas estrategias parecen muy específicas es porque cada situación era única para él y necesitaba una solución específica. Me sentía confiado de que podía proponer una estrategia o una solución para mantenerlo a salvo.

Es un proceso lento y requiere mucha práctica. Pero ha valido la pena ahora que es un adolescente.

Por supuesto, ahora es más independiente. No podemos estar siempre cerca señalándole los obstáculos en su camino. Pero los obstáculos que encontró en su niñez lo han ayudado a desarrollar estrategias que puede usar para andar por la vida por su cuenta.


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