Cuando el equipo del IEP se enfocó en mis fortalezas, todo cambió

¿Alguna vez ha escuchado la historia de un niño con TDAH que tiene problemas en la escuela, recibe la ayuda adecuada y logra progresar académicamente? Bueno, ese niño no fui yo. Sí, yo tengo TDAH. Tuve problemas en la escuela. Pero no creo que mi educación haya sido un éxito.

Hoy en día, las personas dirían que era un niño con . Pero en realidad, todo se reducía a que nunca podía terminar nada.

Mi recuerdo más claro de primaria es que siempre me regañaban en frente de toda la clase porque no había terminado mis deberes. La ortografía era lo peor de todo.

“Sr. Hager, ¿terminó su tarea?”.

“Iba a terminarla, pero entonces…”

“¿Así que no la terminó?”.

Podía escuchar a los otros niños murmurando.

“No”.

Un momento como ese puede doler toda la vida. Imagínese cuando eso ocurre todos los días, en todas las clases, durante toda su infancia. Estuve a punto de no saber quién era yo.

En primaria pasé mucho tiempo en el aula de recursos de . En realidad no me importaba estar ahí. Era como un oasis, un escape donde nadie me veía y podía ser yo mismo. Lo que en realidad me molestaba era sentirme avergonzado por no ser bueno en la escuela.

Era confuso porque yo era un niño brillante y precoz. En las reuniones familiares terminaba hablando con los adultos, preguntándoles sobre sus vidas y sus trabajos.

También los maestros se sentían confundidos: Este niño parece inteligente, ¿por qué está fallando? Quizá es perezoso y necesita esforzarse más.

Pero yo estaba esforzándome tanto como podía.

En la escuela me convertí en el conejillo de indias para todo tipo de soluciones educativas rápidas. Recuerdo que en una oportunidad escuché música clásica a todo volumen con audífonos para ver si eso me ayudaba a aprender. Después hubo un momento en que la escuela colocó paredes, literalmente, alrededor de mi escritorio para bloquear las distracciones y ayudarme a poner atención. Nada de eso funcionó.

Recuerdo que el personal escolar se preocupaba por mí. Hicieron todo lo posible. Pero lo que hicieron no fue consistente y nunca duró. Creo que me veían como algo que estaba roto y necesitaba arreglo. Fue frustrante que no supieran cómo hacerlo.

Al comienzo del bachillerato mi situación era preocupante. Mis padres y la escuela decidieron que empezara a asistir a las reuniones del IEP con la esperanza de que me ayudaría. Cada reunión comenzaba con una larga lista de lo que estaba haciendo mal. “No entregó la tarea”. “Es desorganizado”. “No cumple con sus deberes”.

Me volví bastante introvertido, casi un solitario. No estoy seguro si fue el resultado de mis problemas en la escuela o por el hecho de ser un adolescente que intentaba averiguar quién era. Quizás fueron ambas.

El cambio llegó de un lugar inesperado. En décimo grado realicé una evaluación estandarizada y me fue muy bien. Mi maestro de historia se sorprendió por los resultados. Él había asistido a mis reuniones del IEP anteriormente, pero esta era la primera vez que veía datos sólidos sobre lo que yo era capaz de hacer.

Al inicio de la siguiente reunión del IEP, me dijo: “Kevin, yo sabía que eras inteligente, pero no así de inteligente”. Después, y mi mamá todavía lo comenta, le dijo a todos en la reunión:

“Empecemos hablando de algo en lo que Kevin se destaca”.

Entonces me pregunté, ¿en qué soy bueno?

Poco a poco, el resto de los miembros del equipo del IEP empezaron a dar sugerencias. “Es muy resiliente”, dijo un maestro. Algunos asintieron. “Le gusta hacer preguntas”, afirmó otro. Más cabezas asintieron.

Mi maestro de historia se dirigió a mí: “Kevin, ¿en qué crees que te destacas?”.

En los dos últimos años de bachillerato esa pregunta cambió mi vida. No voy a decir que me volví exitoso en la escuela, porque eso no ocurrió (aunque en una ocasión saqué 100 en una prueba de historia y me sentí muy orgulloso).

Sin embargo, la pregunta cambió la forma en que pensaba sobre mí. Hasta entonces, siempre me había considerado un fracaso en la escuela. Mi maestro de historia me dio la libertad y la posibilidad de pensar que yo podía ofrecer algo positivo al mundo.

A medida que avanzaba el bachillerato, terminé pasando mucho tiempo con los maestros después de clases explorando en qué era bueno. Aprendí a hablar de mis fortalezas: Soy resiliente (tenía que serlo ya que me llamaban la atención en clase muy a menudo). Soy bueno para relacionarme y hablar con las personas, tal como lo hacía con los adultos cuando era niño. Veo la situación general. Tengo una ética de trabajo sólida. Y empecé a pensar en aprovechar esas fortalezas.

Como mencioné, realmente no considero que mi educación haya sido una experiencia exitosa. Pero gracias a mi maestro de historia y al equipo del IEP, siento mucha menos vergüenza. Se preocuparon lo suficiente como para preguntarme acerca de mis fortalezas, y por eso todo cambió.


Aprenda a reconocer las fortalezas en su hijo. Lea qué son los IEP basados en fortalezas y cómo pueden ayudar a los niños que piensan y aprenden de manera diferente.


Kevin Hager es el fundador y presidente de Hager Advisors, una firma de asesoría filantrópica. Anteriormente se desempeñó como vicepresidente y director digital de National Center for Learning Disabilities (NCLD) y como director general de Understood. Aparece en la foto de arriba el día de su graduación de bachillerato.

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