Criar a los niños neurodivergentes que tengo, no a los que pensé que tendría

“Cría al niño que tienes”. Bastaron cinco palabras para cambiar la forma en que criaba a mis hijos. Lamentablemente, no recuerdo dónde lo escuché. Tal vez lo leí o lo escuché en un podcast. No importa, ¿cierto? Las palabras son simples. Sin embargo, sabía que sería difícil ponerlas en práctica.

Mis hijos son traviesos. Detestan quedarse quietos por mucho tiempo. No pueden estar callados sin no tienen una pantalla, un libro o un juego que los mantenga ocupados. Durante años, miré a otros niños sentados en silencio en el cine o en un restaurante y me avergonzaba de que los míos no tuvieran ese comportamiento aparentemente perfecto. Amenacé, soborné y supliqué, pero nada cambió.

Mis hijos no son ni estudiantes ni atletas excepcionales. Han probado varios deportes, pero nunca han anotado un gol decisivo. Tampoco han traído a casa un trofeo de primer lugar en un concurso de baile.

Mi hijo se mete en problemas en clase por hablar demasiado y actuar impulsivamente. En el caso de mi hija, su dislexia le impide decir algo por temor a equivocarse. Sin embargo, durante mucho tiempo intenté eliminar esos comportamientos.

“Deja de hablar. Habla más alto. Quédate quieto. Estudia más. Concéntrate. ¡Por favor, presta atención! ¿Qué te pasa? Practica más. No te esfuerzas lo suficiente. ¡Pórtate bien!”.

Estaba criando a los niños que pensaba que quería tener, no a los que tenía. Los estaba educando para que fueran como la niña que yo había sido: competitiva, inteligente, motivada y obediente. Tenía un conflicto con sus comportamientos y mis inseguridades del pasado. Y confiaba en que sus expresiones externas fueran testimonio de a quién estaba criando.

Ahora entiendo que mis hijos nacieron con un código que yo no entendía. Uno que ninguna cantidad de gritos podría arreglar jamás.

Finalmente, me enfoqué en ayudarlos a desarrollar su verdadero potencial. Y no las fortalezas que imaginaba que tendrían cuando los mecía en mis brazos para que se durmieran.

Para reconocer sus fortalezas, tenía que verlos de verdad. ¿En qué son mejores que los demás? ¿Qué les causa problemas ahora pero les resultará útil en el futuro, como desafiar las normas sociales? Cuando cierran sus ojos, ¿en qué sueñan?

Mi hijo sueña con ser comentarista deportivo. Sabe que nunca será el capitán del equipo ni quien meta el gol de la victoria al final del partido. Él será quien recuerde las estadísticas de los jugadores profesionales que se retiraron hace una década. Esa es su fortaleza: una memoria fotográfica perfecta que estoy segura le servirá mucho.

La fortaleza de mi hija es su gran intuición. De alguna manera, ella sabe qué motiva a las personas a hacer y decir las cosas que hacen y dicen. Su maestra recientemente me dijo que toda la clase la admira por su compasión y energía contagiosa. Nadie recordará cómo solía correr de un lado a otro por los pasillos del cine hasta que yo la llevaba al vestíbulo para que jugara mientras terminaba la película.

Intento no sentir vergüenza cuando recuerdo todo el tiempo que desperdicié intentando que mis hijos fueran algo que no son. Estoy tratando de superarlo. Mis hijos saben que soy más que mis gritos, crisis o miedos. Aman a la mamá que tienen. Y yo amo a los hijos que tengo.

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