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Mi ansiedad y TDAH: Escondida atrás de la fachada perfecta

Fui diagnosticada con TDAH cuando tenía 30 años. Sé que para algunas personas, especialmente mujeres cuyos síntomas de TDAH a menudo son ignorados, un diagnóstico de TDAH puede aclarar las cosas. Al ser diagnosticadas de adultas pueden recordar sus años en la escuela con alivio y pensar: “Esa era la razón de que tuviera tantos problemas”.

Pero a mí, el diagnóstico de TDAH me confundió al principio. Yo era una estudiante que siempre sacaba A y una excelente atleta. También he sido exitosa en mi vida profesional. ¿Cómo era posible que tuviera TDAH?

Con el tiempo, el diagnóstico de TDAH ha puesto ciertas partes de mi vida en perspectiva. Descubrí que había algo doloroso detrás de las calificaciones perfectas y los premios. Y para ese entonces, ya había recibido un diagnóstico que me había sido muy difícil aceptar.

El primer diagnóstico: Ansiedad

Poco años antes de cumplir 30 años empecé a ir a terapia para superar una separación muy difícil. A través de la terapia, mis problemas de ansiedad se hicieron patentes. Mi terapeuta me recomendó un psiquiatra, el cual me recetó medicamentos para la ansiedad.

Odiaba tener que tomarlos. Al principio me sentí derrotada, como si de alguna manera hubiera fallado, porque no podía controlar mi ansiedad sin la medicación.

Pero me di cuenta de que la medicación para la ansiedad cambió mi vida. Antes de tomarla, mis emociones no tenían ritmo, eran caóticas. De repente, con el medicamento era como si tuviera un metrónomo para mis sentimientos. Finalmente, pude “escuchar” cuando algo estaba fuera de ritmo.

Fue así como pude poner atención a las cosas que todavía me causan ansiedad. Me sentía ansiosa porque me costaba mucho empezar tareas grandes. O las iniciaba pero tenía dificultad para terminarlas.

Para compensar, me imponía fechas de entrega falsas para presionarme a terminar las cosas. Básicamente generaba situaciones estresantes para lograr hiperconcentrarme.

Se lo mencioné a mi psiquiatra. Él me respondió con una pregunta específica: “¿Pequeños ruidos te distraen al punto de sacarte por completo de tu trabajo?”.

“¡Sí!, le dije, y pensé: ¿Cómo lo supo?

Entonces me sugirió una evaluación para determinar si tenía TDAH, lo que me causó un shock. En ese entonces yo no sabía sobre la relación entre el TDAH y la ansiedad. O que el TDAH dificulta controlar las emociones. Además, me iba bien en mi trabajo (mi “estrategia” de usar fechas falsas estaba funcionando).

No obstante, estuve de acuerdo en realizar la evaluación. Finalmente, me diagnosticó con TDAH.

Con desconfianza, busqué una segunda opinión con otro psiquiatra. Pero él también confirmó el diagnóstico de TDAH.

Buscar “prueba” de mi TDAH

Cuando recibí el diagnóstico, mi primera reacción fue buscar “pruebas” de mi TDAH. Revisé mis viejos diarios de bachillerato y me volqué a leerlos.

Me impresionó cuando leí lo que había escrito.

Ahí, claro como el día, página tras página había escrito sobre mi frustración por mi inhabilidad para concentrarme.

Por supuesto que había escrito las clásicas angustias de adolescente. Pero muchas veces eran seguidas por una versión de “ni siquiera sé si siento eso. No puedo concentrarme en nada durante el tiempo suficiente para saber lo que estoy pensando”.

Algunas notas simplemente tenían garabateada la palabra “enfocarse” una y otra vez en diferentes tamaños.

En esa época escuché algo que hizo que entendiera todo. Asistí a una conferencia de un experto en TDAH llamado Tom Brown. Él describió cómo algunas personas con TDAH lograban desempeñarse bien aunque no recibían tratamiento para el TDAH: “Necesitan estar muy interesadas en la actividad o bien sentir que están obligadas a terminar algo”, dijo.

Eso no podía ser más cierto en mi caso. Al ir creciendo temía mucho equivocarme, temía no ser perfecta. Estoy segura de que en parte esto era debido a mi ansiedad.

Ese miedo me condujo a luchar contra las distracciones a niveles que nadie debería hacerlo. Apenas dormía. Garabateaba pensamientos en notas adhesivas y las pegaba por todas las paredes de mi habitación para tener un registro de mis ideas antes de que se me olvidaran.

Si usted hubiera visto mis excelentes calificaciones en aquel entonces nunca hubiera imaginado que tenía dificultades de atención. Pero al recordar, no hay duda de que tenía dificultades. Obtuve buenas calificaciones pero, ¿a qué precio?

Dónde estoy y dónde pude haber estado

Ahora tomo medicamento para el TDAH, además de medicamento para la ansiedad. Mi médico y yo hemos ajustado la dosis. Hemos supervisado cuidadosamente cómo me siento. También sigo yendo a terapia. Me siento saludable y con la mente despejada.

Ahora que soy adulta y que sigo un tratamiento, me conmueve visitar la casa de mi infancia y reflexionar sobre lo que viví allí cuando era una adolescente.

Hay premios y artículos de periódicos sobre mí enmarcados en las paredes de mi habitación de niña. Cuando ahora miro esos reconocimientos y recortes, no puedo evitar preguntarme lo que hubiera ocurrido si hubiera recibido tratamiento para el TDAH, la ansiedad o ambas cuando era joven.

Quizás no me hubiera sentido tan ansiosa por ser perfecta. Puede que no me hubiera criticado tanto por mi dificultad para concentrarme.

Quizás no hubiera sido tan dura conmigo misma y habría ganado menos premios. Y quizás, para mí, eso hubiera sido algo bueno.

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