Tuve una crisis y finalmente entendí lo que es una sobrecarga sensorial

Amanda Morin sabía que los desafíos sensoriales pueden causar crisis. Pero lo que no sabía es lo aterradoras que pueden ser, hasta que tuvo una.

Mis dos hijos tienen y ocasionalmente tienen crisis. Esos episodios causan miedo y son difíciles de manejar. Pero entiendo por qué ocurren. Esto se debe a que yo también tengo dificultades del procesamiento sensorial desde que era niña.

Por lo general, utilizo bien las estrategias para controlar la ansiedad que acompaña a las dificultades sensoriales. Pero hace algunos meses, algo bloqueó mi capacidad de autorregularme, y tuve una crisis siendo una adulta.

Experimentar la sobrecarga sensorial

Cuando estaba en un viaje de trabajo, me caí y me rompí el tobillo. Mis colegas me ayudaron durante todo el trayecto, desde ir al hospital en ambulancia hasta en el aeropuerto para regresar a casa.

Pero aún así, me encontraba fuera de mi área de confort. No podía controlar nada de lo que sucedía. Me encontraba en lugares concurridos, ruidosos y muy iluminados que usualmente hubiera evitado, y además sintiendo dolor.

Los médicos tuvieron que inmovilizar mi tobillo con una bota que llegaba hasta la rodilla. La bota tenía barras de metal a ambos lados y una bomba neumática que hacía presión para que mi tobillo estuviera en su lugar. Salí del el hospital con un par de muletas.

Mis dificultades sensoriales incluyen una gran sensibilidad a los espacios reducidos. No me gusta la sensación de la ropa que irrita o me aprieta. También tengo dificultades vestibulares y proprioceptivas. Cuando mi equilibrio cambia drásticamente, siento náuseas y me mareo.

Como se podrán imaginar, me sentía atrapada y claustrofóbica con mi bota y las muletas. No solamente me dolía el tobillo, sino que la sensación del metal y el velcro que mantenían la bota en su lugar me resultaba insoportable. Moverme con las muletas me causaba náuseas. Y tuve que vivir y trabajar en esas condiciones durante meses.

Tener una crisis

Llegó un momento en que sentí que lidiar con todo esto era demasiado para mí, y una noche tuve una crisis. Mi esposo me preguntó qué quería para cenar después de un día lleno de reuniones y de una cita miserable con el médico. Esa simple pregunta fue el detonante. De repente estaba temblando en mi silla diciendo: “No lo sé, no lo sé. No sé cómo responder a eso. No puedo con esto”.

Me invadió el pánico. Sentí que iba a quedarme atrapada en ese lugar de confusión extrema y dolor interminable. En segundos había sobrepasado el punto de ser capaz de tranquilizarme. Y no había nada que hacer más que dejarlo pasar.

Ese episodio pasó. Pero la sensación de sobrecarga sensorial continuó mientras tuve la bota y estuve expuesta a sensaciones que no podía tolerar. Periódicamente perdía los estribos, pero no de la misma manera incontrolable.

En estos momentos es cuando ayuda tener hijos con dificultades sensoriales. Mi esposo ya sabía en qué momento estaba por presentarse una crisis. Y pudo intervenir y tomar decisiones, como hablar con el doctor sobre formas de reducir el estímulo sensorial físico de la bota y el dolor. Incluso mis colegas entendieron que necesitaba tomarme un día para recuperarme.

Esta experiencia también me ayudó a entender algo. Necesitaba estar muy consciente para no minimizar las reacciones de mis hijos ante los estímulos sensoriales. Que yo lo escuche, lo vea, lo sienta o lo huela es irrelevante. Ellos sí lo experimentan. Necesito escucharlos cuando me dicen que algo es demasiado. Ahora sé cómo se siente cuando algo es “demasiado”.

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